En
algún momento, todos, nos enfrentamos a él. Más para nuestra generación, entre
la velocidad a la que se vive, las necesidades insatisfechas y las satisfechas
también, muchas veces, el test, es el que define o por lo menos orienta, cuando
menos, regula un poco nuestras decisiones dándole, de alguna manera forma de
vocaciones a los pasos que creemos hemos elegido para ir hacia adelante, sin
dejar de ser nunca, la forma en que encaramos un final cercano o lejano.
Fui,
me puse a disposición de ellos e hice lo debido, es decir, cola para una cosa,
esperar para otra, mirarnos las caras entre los presentes, ver y poner esa jeta
de ‘¿Estás por lo mismo que yo?’, como buscando almas gemelas entre el
sufrimiento pero sin preguntar nada, por el miedo a saber, saber y no saber qué
decir ni cómo actuar. Algún comentario en voz baja que en el silencio, que
brota de las esperas multitudinarias, sobresale igual que las sirenas de una
ambulancia a las tres de la mañana.
El
test terminó más rápido de lo que esperaba y me fui a mi casa a esperar la
respuesta del dichoso ejercicio. Pocos días más tarde, diría dos, si quisiera
de alguna manera ser justo con el tiempo transcurrido, tuve que presentarme
otra vez y, nada más lejos de mis anhelos, hacer una parte de nuevo ¿La excusa?
Un problema con mi prueba, extravío, alguien que no entiende la letra de algún
otro que anotó con caligrafía infantil en un espacio muy chico un dato muy
inútil, lo más fácil, siempre es un llamado y que repita la prueba, total el
interesado es él y como ante esto no queda otra respuesta que si, fui.
Concurrí
esta segunda vez, con la estúpida tranquilidad de creer que no iba a ser más
rápido y así fue, sin hacer fila me tomaron los datos, después estuve una hora
sentado esperando a que me llamen, pero no tuve que esperar para el primer
paso; sí, es un consuelo de tontos, pero sirve de paliativo al culo cuadrado
después de tanto tiempo sentado.
Listo,
una vez terminado todo, a mi casa, ahora no tendría que esperar una semana, era
una semana y dos días, por esos hermosos inventos que llamamos “feriados”.
La
semana transcurrió como cualquier otra, entre momentos muertos para pensar,
visitas, comidas, alguna limpieza, compras, pagos, risas y la duda que me
generaba el resultado del test, porque en algún punto estos resultados pueden o
no, cambiar la vida de quien se presta al ejercicio y sin dudas, define una
vocación, uno hará o no, caso a lo que diga el profesional pero si te prestas,
la respuesta es importantísima, por tanto, los dos días adicionales fueron un
dolor de huevos.
El
resultado lo tenía el lunes pero no estaba, llamar por teléfono para que te
saquen a pasear el oído y escuchar los distintos tonos de espera ya nos es
natural a todos. Concurro al lugar, tan lejos no estaba y el tiempo vive de mi
lado en estos últimos tiempos. Me mandan a preguntarle a alguien que no está y
que para encontrarlo podría atenderme el miércoles, si consigo que me anoten en
su agenda, para tan difícil empresa, la única opción es pasar al día siguiente.
El
sol sube y baja, ¿Sale la luna o el cielo se llena de estrellas? Primero: vivo
en Morón y es imposible en una ciudad, de estas características ver más de seis
estrellas por noche, segundo ¡A quien le importa, por favor! ¡Quiero el
resultado!
A
primera hora estoy ahí, luchando con mil personas más que por diferentes razones
nos agolpamos para buscar algo. Mañana, siempre mañana, y le sumamos otro día a
la espera. A esta altura espero cualquier cosa, no me importa nada, solo quiero
el puto resultado.
Por
suerte no tengo que madrugar me acosté pensando, igual me
desperté a las seis, no pude seguir durmiendo. A las once tenía que hablar con
alguien para conseguirla, a las diez estaba ahí y a las doce y media logro mi
cita. A partir de las dos de la tarde, me dice la señora que ya me conoce la
cara y, será la desesperación, parece que ella ya sabe como salió todo o de que
va la cosa.
Una
hora y media en casa de mi vieja, un garrón, hace más frío adentro que afuera.
Clamo por venganza y le bajo medio paquete de galletitas de agua, más tarde,
durante la espera, mi aparato digestivo se vengará de mi y casi me hace vomitar
un cuarto de paquete. Nervios.
A
las dos estoy ahí, en la puerta del lugar donde tiene que atenderme. Antes que
nadie y si es necesario, patadas mediante, voy a llevarme una respuesta. De a
poco nos vamos juntando todos los que esperamos. Algunos tienen cita antes que
yo, muy tarde descubro que, según un pequeño certificado mal impreso, que
recibí en la mesa de entrada, dice que tengo que concurrir a las cuatro y
veinte. Una administrativa, rondando los cuarenta años y muy mal llevados, deja
una carpeta sobre el escritorio del que espero. Alcanzo a leer que empieza a
atender a las dos y veinte. Así que, siendo las dos y media, tan tarde no llega el tipo me digo, sabiendo que si tuviera que
esperarlo hasta mañana, no tengo problema.
Salgo,
en el pasillo no hay señal y desde un cantero en la vereda, espero una llamada,
aunque sea un mensaje de texto, mi contrapartida está nerviosa, espera una
respuesta como yo. Mi consuelo es ver que no está pasando nada, que lo único que
avanza es el reloj. Ella no tiene consuelo, de poco sirve que le diga “todavía no llegó”, si ella está viendo sus libros, porque
es miércoles y tiene un examen en la facultad. Prendo un cigarrillo, porque los
fumadores decimos que eso tranquiliza, mientras un mendigo con mucha falta de
baño me pide uno, sin siquiera ocultar que está fumando en el preciso instante
en el que se me acerca. Se lo niego, como me niegan a mí el resultado, se va
quejándose con la promesa de un volveré que me suena muy peronista, muy Evita,
será uno de esos tipos que estuvo en el funeral multitudinario de aquella
primera dama, abanderada de los pobres y no me acuerdo que más, porque
enseguida me olvido del tipo y de Evita intentando ahogar las náuseas que me da
tanto nervio.
Diez
personas agolpadas en la puerta, son las tres de la tarde y el tipo no aparece,
uno dice que la otra vez esperó hasta las cuatro y yo ya no me hago problema,
creo, sabiendo de antemano que me estoy mintiendo. Mientras, mis manos
tiemblan, hago malabares para contestar un mensaje desde el celular, donde
borré más de lo que escribí, intentando tranquilizar a alguien del otro lado.
Aburridos de esperar empezamos a pasear a tres metros del lugar donde nos
apiñábamos hace minutos, pasa una señora y se mete en el cubículo que está
enfrentado al anhelado. “No, soy la psicóloga” dice cuando le preguntan si ella
es a quien esperamos. Hasta ese momento no me había dado cuenta de la
naturalidad con que tendría que aceptar la presencia de ese tipo de
profesional, muy típica psicóloga, aparenta los años que no quiere que se
sepan, pelo teñido muy abultado como si cada vez que se levanta, lo inflara con
un compresor, anteojos que van del pecho a los ojos cada vez que intenta leer
algo, hablar pausado, cansino y que te hace pensar que, si no hablara tan
lento, uno podría sacarle más jugo a una entrevista con ella o como mínimo,
todo terminaría antes.
Se
abre una puerta en la otra punta del pasillo, aparece una figura que despierta
el interés de todos, hace dos horas que cada vez que veo a alguien atravesando
ese camino me emociono pero esta vez es justificado. Es él. Intenta sacar a
toda la gente que lo espera de la puerta, que a esa hora solo queda gente para
él. Mientras intenta que me vaya a la sala de espera le comento de mi problema,
me dice “que raro, dale a Silvia tu comprobante a ver si le dan el resultado a
ella”
Todos
se van a sentar a la sala de espera, quedamos tres, entre las dos puertas, la
del tipo que recién llega y ahora está reunido con la psicóloga y la puerta de
Silvia, que se fue a buscar los resultados.
El
flaco que está al lado mío, vestido íntegramente de negro, me hace pensar que
sabe desde hace mil años ya, que el test le salió mal. Un futuro negro le
espera, pareciera, por su forma de mirar, por su forma de moverse, yo estoy que
me muero, los nervios no me dejan pensar, Silvia volvió con los resultados pero
se los dejó al tipo. Todo mal.
Miro
al hospital desde afuera, la llamo, le cuento, muy despacio, imitando alguna
suerte de tranquilidad, que está todo bien, que los resultados los tiene el
doctor, mientras me pregunto por qué mierda la forra esa no me dio los
resultados. Voy entrando y atravieso la sala de espera corriendo, el doctor me
llama. En el consultorio me pide tres veces que me siente, estoy duro, no me
quiero mover, quiero saber.
Empezamos
mal, el tipo lo primero que me dice es que hay problemas con mi análisis, a
esta altura, eso quiere decir, HIV. Intento que la cara no me delate, pero una
lágrima me recorre la cara. El doctor me explica, con dibujitos, que el primer
resultado dio positivo, sádico, no se apura para explicarme que el segundo dio
negativo, lo que me deja más tranquilo, solo un poco más tranquilo. Me dice que
el análisis puede dar falsos positivos pero no da falsos negativos, estoy en el
cielo pero de felicidad, por primera vez en dos semanas, me siento vivo, no me
estoy muriendo. Mi casi felicidad no le agrada al doctor y pide un tercer
análisis para comprobar que estoy sano. Ahí nomás Silvia me saca sangre y el
viernes es la última cita.
Mientras
viene llegando el viernes, mi vieja ya averiguó con algún médico conocido,
cuanto me queda de vida. Yo, vuelvo a repetirme, como toda la semana que viene
terminando, la frase “Dead Man Walking” mientras intento hacerle creer a todos
que estoy tranquilo y mi novia googlea como poseída, hasta encontrar que no es
tan raro lo que está pasando.
El
viernes vamos juntos al hospital. Atravesamos una galería donde una señora le
reza a San Expedito rejas de por medio, quien sabe qué razón tiene el hospital
para meterle llave a la fe de la gente. Llegamos a una sala de espera de uno x
dos, donde se apiñan algunos familiares de internados, que esperan detrás de
una puerta cerrada se hagan las doce para recibir el parte de los médicos.
Alguien nos indica como sortear la puerta y del otro lado, no damos con el
médico. En un pasillo, cerca de la capilla entre rejas, lo veo, enseguida se acuerda
de mí y va a buscar el resultado definitivo, pero no está, “en un rato
vuelvo” me dice.
Café
y espera, le agradezco hasta el cansancio, sin decírselo, no estar solo en ese
momento, hablamos de cualquier cosa, es como un juego, hagamos de cuenta que estamos
pensando en otra cosa, que no le tenemos miedo al resultado. Vamos a buscarlo
de nuevo y está vez lo encontramos rápido. “Esperen acá que voy a buscar las
llaves del consultorio”. Me tiemblan las piernas y por primera vez veo que
ella no puede articular palabra ni sonrisa. Sube y baja el doctor, caminamos
detrás de él, con miedo. Recorridos treinta metros, mirándole la espalda al
tipo, se acuerda de ser humano y dice sin darse vuelta “Salió todo bien, eh”.
“La
concha de su madre, podría habernos hecho sufrir menos” dice ella cuando ya estamos en la
calle, abrazados, festejando por anticipado. Para mí fue como renacer, afirmar
un estado que se llama vida si hasta pensé en dejar de fumar, después me
retracté y ahora hago de cuenta que tengo voluntad para volver a intentarlo.
Ella lo vuelve a insultar con una sonrisa que también es vida, yo hago como que
es una suerte de Dios, un gran tipo al que le perdono aquel primer si, todo por
haberme devuelto la tranquilidad y poder escribir todo esto con una puta
sonrisa.
...La concha de su madre, podría habernos hecho sufrir menos!
ResponderSuprimir¡como me gusta q ahora sonrías/amos!
besos
Gracias por estar ahi.
ResponderSuprimirsi no fuera que ya conocia la historia me hubiera matado la angustia, esta muy logrado el suspenso, es una situacion de ingesta de uñas, por suerte todo salio bien (igual en ningun momento pense otra cosa, tranquilidades pelotudas que tiene uno). Pienso que el despues debe ser muy loco, sentirse limpio, es como un borron y cuenta nueva, no se, me cuesta imaginarlo
ResponderSuprimirLa concha de TU madre, podrías haberme hecho sufrir menos!!!!!!
ResponderSuprimirComo carajos es que me haces leer esto sin contarme primero el final HDP?????????
La verdad es que está de la hostia Nico...muy, pero realmente muy bueno!!!!!!
Debo admitir inclusive, que pasaron dos minutos entre que leí y te pude escribir algo...
Es indescriptible todo lo que senti con este relato!!!!
ME ENCANTO!!!!!!
Besos Nico!!!
PD: que haces el Sábado noche/ Domingo???
Muy BUENO!!
ResponderSuprimirNo vas a creerme, pero hace dos semanas mi amiga paso esta misma situacion y yo no te habia leido... cachetazos de la Vida, si los hay!!
Hermoso retrato de momentos fundamentales